Sunday, June 25, 2006

Verano al rojo vivo

El jugoso título que engalana el posteo de hoy - casi de película picaresca o de revista de actualidades - responde a que la temporada estival en Barcelona está ardiente. En todo sentido. Las temperaturas en el aire son exageradas y las de la gente, cuándo no, también. Entonces, harto de levantarme y desperdiciar el día en una habitación clausurada, me fui a la playa. Fiel a mi costumbre, cada tanto me hago una escapada a la costa catalana, cada vez probando un sitio diferente, siempre solo (recuerden el ya mencionado "factor soledad": cuando uno no está acompañado, es tal vez más factible que termine estándolo, y encima con alguien nuevo). El turno hoy fue para Castelldefels.
Una vez atravesada la típica arquitectura de pueblo catalán, con edificios de principios de siglo de no más de cuatro plantas, en colores ocre o gris y mucho ladrillo, arribé a la playa. Encontré mi sitio, siempre cerca de algún grupo de chicas con ánimo de "uuuuhhhh" o de "qué fría está el agua" o de "juguemos a la pelota-paleta sin sostén". Y, de hecho, como suele ocurrir en Europa, las mujeres no usan la parte superior de sus bikinis y los únicos desubicados que no paramos de mirar fascinados somos los sudacas.
La playa es siempre un espacio cargado de sexualidad y se caracteriza por un ritmo oscilatorio: veo una nena que apenas sale de la pubertad y me excito, luego veo a su madre y me desexcito. Veo a un cuerpo despampanante de mujer amazona bajada de los cielos y luego una marea de obesidad en forma de familias. El interés sexual y el apetito, entonces, fluctúa aún más que la bolsa de valores. Abundan los gritos desesperados de padres hacia niños, generalmente "Jordi" o "Lluis" o "Joan" o "Carles".
Una vez que cumplí con todas las actividades playeras, como puede ser leer un libro; meterse al mar cada media hora; volver a leer el libro pero sólo para disimular que uno mira mujeres; comer cualquier alimento que aparezca cerca y en cualquier orden (helados, coca-cola, choclos, fruta); dormir aún sin sueño; tomar sol; mostrarse en público simulando tener músculos, me dediqué a lo que más hago en la playa: mirar mujeres (creo que este ítem ya lo había mencionado).
Aún si desde mi posición suelo contemplar todo el panorama, me gusta elegir una sola mujer y fantasear con que le voy a ir a hablar y que voy a lograr tener con ella sexo duro tras los médanos, cosa que nunca pasa. Y, como bien sé, nunca iré a hablar. Pero me quedo y miro y fantaseo y bueno... paso el rato en la playa. A las otras que están en el panorama voy y vuelvo con la mirada, las uso como Plan B si mi mujer de fantasía no me diera bola en mi fantasía, pero en general me sale todo bien (y claro... ¿Sino para qué mierda sirva la fantasía? Fracasar en la vida real ya es muy duro).
Encontré una joven de curvas armoniosas que, sin embargo, no es de esas que hacen que las multitudes se vuelvan locas. No era una modelo, no era una vedette, no era grosera, no era extravagante y no era ostentosa. Eso sí... deliciosa, girando por la arena cada tanto, podía jurar que incluso ronrroneaba de vez en cuando. Su amiga no valía ni dos centavos y era más bien repelente y hortera. Pero a ella le daba igual.
No la escuché hablar en todo el rato, pero puedo jurar que era francesa. De esos franceses que vienen a Barcelona a alejarse un tiempo de sus padres burgueses, a simular que viven la vida loca. Pero no era tonta, eso seguro. Tampoco frívola, supongo, simplemente confundida o buscando un poco de aventura. Y yo pensando: "¿Querés aventura? ¿Te basta con un argentino medio moreno, de sonrisa fácil, que encima se las rebusca con el francés?".
Hay que decir que tenía unas tetas formidables. Naturales pero no desorbitantemente grandes, equilibradas y nada prepotentes. Por supuesto, sólo se colocaba la parte superior del bikini para ir al mar. La parte inferior del mismo quedaba elegantemente corto, pero no tanto como para revelar más de lo que debía. El sol le pegaba en los huesos de la cadera y dibujaba un triángulo isósceles perfecto, con el vértice inferior en el espacio cubierto. Y yo pensando: "Se dio cuenta de cómo la miro y hace todo para mí."
En un momento, le dice algo a la amiga y ésta, enfundada en unas gafas de sol groseras y decadentes, se levanta y se va al mar, a mojarse los piecitos. Y yo me digo: "Claro, notó que la miro y le dijo a la amiga que la deje sola, así yo me acerco a hablar." Pero también podía ser mi fértil imaginación y empiezo a dudar. Que sí, que no, la amiga vuelve. Me desespero pero también me tranquilizo, menos presión.
Finalmente, una vez que mi mirada ya está instalada y que casi me falta gritar de deseo, se levantan y emprenden la retirada. Ella se coloca un pantalón blanco de algodón, ultra fino, que pone en evidencia que además posee un espléndido culo. Se cubre con una camisa holgada de color marrón, con tiras cruzadas. Es definitivamente francesa.
Espero que se alejen un poco y, rápidamente, me visto y levanto todo, con plan de seguirlas.
En ese momento, paso por un bar y están dando Inglaterra-Ecuador. Con el fútbol me olvido de todo y me quedo en el bar a verlo, con un bocadillo de fuet y una Coca-Cola helada como compañeros. Vuelvo a Barcelona y me voy a otro bar a ver Holanda-Portugal, que ofrece un formidable espectáculo de hombres adultos agrediéndose, golpeándose, llorando, insultando y armando revuelo. Un buen gol, innumerables amonestaciones, cuatro expulsiones y varias polémicas me alegran la tarde-noche.
Gracias a Dios que existe el mundial.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home