Wednesday, November 30, 2005

Dime, pornstar...

Hoy fue Crissy Moran. Ayer fue Aria Giovanni y creo que anteayer fue Peach.
Las pornstars son de otra galaxia. Son mujeres elefantiásicas, monumentales, temibles.
La pornstar es una bomba y no quiere dejar de estallar. Quiere hacer daño.
Vende fantasía de dominación pero es ella quien domina, quien lleva las riendas. No nos mira fijo en vano.
Su cuerpo está allí pero su cabeza está a miles de kilómetros, junto a nosotros.
La pornstar sabe lo que queremos.
Sabe que no se parece a nada de lo que vemos día a día, que son demasiado buenas como para ser verdad, demasiado guarras para ser respetadas socialmente.
¿Sueñan estas mujeres? ¿Aman apasionadamente, melodramáticamente? ¿Lloran a borbotones, no porque perdieron a su marido nonagenario de un problema de coronarias o porque se incendió su pequeño pueblo natal en Arkansas, sino porque les han roto el corazón? ¿Tienen corazón?
¿Qué te pasa a tí, pornstar, cuando el joven hormonal o el marido traicionado o el inadaptado social o el cincuentón fracasado acaban de masturbarse con tu imagen? Cuando sacian temporalmente su deseo, cuando imaginan que te poseen y te abandonan, ¿Dónde vas a parar tú, que no tienes ni el aspecto ni el interés por ser presentada en sociedad? ¿Vives en alguna sociedad?
Una muñeca. Ni más ni menos. Tu fama es como la de los gladiadores o los peleadores de lucha libre.
Tienes a tus fans, a tus admiradores y a tus muñecos articulables.
Pero dime, pornstar, ¿Quién conoce tus verdaderos miedos? ¿Quién sabe los orígenes de tus placeres perversos?
¿Quién sabe tu verdadero nombre? ¿O tus aspiraciones a presidente, o a cantante, o a ama de casa?
¿Alguna vez pensaste que podías ser otra cosa de la que eres?
¿No pesa sobre tu fatigado cuerpo el deseo de tantos desamparados por tu figura, el ansia por ver el detalle de tu genitalia, el goce transmitido a la penetración ajena?
No hay vida cotidiana para tí, ¿Verdad, pornstar?
No eres tú cuando vas al supermercado, o cuando llevas a tus hijos al jardín de infantes, o cuando pagas los impuestos.
¿O sí?
Dime que puedes ser como yo y aún así seguir siendo tú. Dime que la vida es sexo para tí y que sexo es juego. Dime que todo es un teleteatro vespertino donde no queda más remedio que ser el rol asignado, la peluca rosa, los tacos rojos, la minifalda más pequeña que el Principado de Litchtenstein.
Entonces te respetaré.
Serás algo más que un trozo de carne sabroso, excesivo, despiadado y un poco rancio.

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