Sunday, July 31, 2005

No love, no glory

Empiezo con una frase de Damien Rice, solista irlandés cuya fama pronto pasará. Nótese su hermosa balada melancólica "The Blowers Daughter", lo más interesante que tiene el film "Closer", y su himno guitarreado y violento "Woman Like a Man". Pero eso es irrelevante.
Me monto a la frase de Rice para hablar de ayer. Mi ayer. Que fue bueno, pero fue malo. Que fue satisfactorio pero me dejó vacío. Ayer fue sábado, señores, pero no llovió. Hubo niebla, pero no somos Londres y no llovió.
Cuando la melancolía es reina, los días se van en nada. Se come, se bebe, se duerme, se sueña. Se consumen productos relativos al ocio (televisión, cine, música, deportes) y la vida se va. En la crema de la existencia, en el esplendor de nuestros tiernos cuerpos jóvenes, la vida se va, se disipa entre los dedos. Y la dulce agonía de los sábados a la tarde fluye por la venas, deja un gusto agridulce que ni el hummus de la noche puede esconder.
Y siestas, y horas de Intenet, y el escaparse de lo trascendente para soñar por lo bajo que un día las cosas pueden ser de otra manera, en tierras lejanas, en mejores compañías, con gente menos mediocre emocionalmente y más siencera, más visceral, más personal.
Y llega la noche, y nadie me quiere hacer un reproche, porque no hay nada que decir. Y uno se entrega al alcohol no por ese desenfreno romántico y pasional, sino por rutina, porque no hay nada más que hacer, porque así se debe terminar un sábado a la noche, de aquí a la eternidad. Sin amor y sin gloria.
Y se sale y se buscan emociones ingenuamente, como un niño, crédulamente. Yo quiero creer, aún si mi escepticismo me dice otra cosa. Yo quiero que me mientan, al menos un ratito, y que me digan que hay algo de verdad por decirnos, que no sólo intercambiamos cortesías, o posturas, o dolores disfrazados de ideas. Y que la cerveza, o los maníes, o el picante mexicano, o la comida hindú, o incluso las lámparas de colores o los vestidos de antaño son sólo un condimiento y no la razón de nuestras vidas.
Y se baila, y se canta, y se cuentan chistes, o anécdotas o intimidades a extraños, como si eso nos acercara, como si realmente fuéramos más osados. Pero no nos vemos, no compartimos el espacio, construimos cubículos herméticos y te hablo pero no te hablo, te escucho pero en realidad no estoy acá.
Y disfrutamos la situación mientas no la comprendemos, porque el momento en que descubrimos lo que nos rodea es un instante de espanto súbito, de terror absoluto, ese espacio irrgular y descuidado que nos acoge por un par de horas, los cuerpos manipulados por ritmos rígidos y mecánicos, la violenta oscilación y el estricto código de pertenencia: o estas con nosotros o estás afuera. Veo tu deseo de pertenecer, pero la incomodidad en tu fracaso; veo tu soledad y me regocijo en ella, yo sé que querés ser parte de mi club, pero voy a pensar si quiero que compartamos grupo social. Lo voy a pensar mientras pruebo un sorbo de mi trago verde, mientras me acomodo los anteojos de sol, mientras corro ese sudor sexy que me cae por mi musculosa de Levis.
Y uno deambula, circula, saluda a viejos conocidos e improvisa caras sugestivas para los desconocidos, se esfuerza en mover el cuerpo sensualmente, se inventa un personaje sólido, inalienable, deseable. Pero estamos inseguros, alienados y el deseo ha muerto en el momento en que atravesamos el umbral. No podemos ganar. El sistema no nos dejará lograr los objetivos. Y la cuenta se hace regresiva, la desesperación latente. Hay que llenar los espacios, hay que hacer algo, hay que pasar el invierno. Que no se vea tu dolor, que no se enteren. Firmeza, disciplina, una muerte lenta y dolorosa, pero invisible.
Y la noche se acaba, a pesar de que uno la posterga. La mañana llega y no hemos cambiado. No hay un rayo de sol, no existe la desorientación de levantarse en una cama ajena, no hay un cuerpo caliente que no reconocemos. Estamos solos. Igual que ayer y anteayer y desde que tenemos memoria. Estamos solos, en la madrugada, volviendo al hogar que conocemos milímetro a milímetro, donde los olores no cambian, donde las imágenes son eternas. El cuerpo fatigado, el olor a cigarrillo impregnado en las prendas, ese frío tibio que corre por la piel. No hemos sufrido modificaciones, el mundo no parece un lugar mejor en el que vivir, ya no hay nada en qué creer. No hay consuelo de feria ni emociones adquiribles. Esto es lo que te mereces. Esto es todo lo que tu dinero puede comprar. La mañana me encuentra pensativo, relexivo, pesimista hasta extremos impensados, sospechando del aire. Solo, sin siquiera mi sombra. No hay teléfonos que marcar, no hay declaraciones de amor para hacer, no hay llantos desesperados. No hay nada. Ni amor ni gloria. Ni siquiera resignación.
Dentro de siete días la historia se repetirá, inexorablamente, hasta el final del tiempo.

6 Comments:

Anonymous Anonymous said...

Us and Them... and after all, we're only ordinary men...

10:50 PM  
Blogger Cadmo von Marble said...

No entendí el comment.
¿Es una cita de algún libro o película?

12:00 PM  
Blogger Rick Hunter said...

y pensar que ne cantate saliste al estrellato....snif snif....toy emocionado...ohh god

6:12 PM  
Blogger Cadmo von Marble said...

Rick, tengo una sola cosa para decir...
ja!

7:05 PM  
Blogger Alejandra R-de Anda said...

Ouch...

Este post caló...

4:36 PM  
Anonymous Anonymous said...

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12:27 AM  

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