Wednesday, April 01, 2009

La espina

Mierda, pensé, la valija.
Apenas dos horas para levantarme, disimular mi cara de noche movida, afeitarme para recuperar la cara de niño que escondo detrás de la barba ocasional y tomar un taxi hasta Medrano, al antro ese donde tipos en overol te arreglan cualquier valija por un precio exorbitante. Rápido, quítate esas ropas con olor a alcohol, rápido lávate los dientes, rápido: esconde ese resentimiento y esas ganas de mirar al techo hasta el fin de los tiempos y ponte cara de sábado, cara de casamiento ajeno.
Me puse el traje negro cruzado y la camisa roja con pintitas. La corbata angosta, los zapatos sin lustrar. Me peiné módicamente, prolijo pero descontracturado. Corrí una cuadra a un taxi solitario en la mañana de sábado. Nubes pasajeras, rayos de sol filtrados, aroma en el aire a libertad regulada por entidades públicas.
Taxi a Medrano, cola de señoras y de bigotones, un mostrador. Un tipo de ojeras pulidas y otro de pelos escasos y separados en medio de un cráneo chato. ¿La valija enrome verde? Ya se la traigo. Hicimos lo que pudimos. Tenía la manija destruida y el borde inferior tiene el alambre a la miseria... qué va a hacer.
Valija en mano, taxi a Olivos, abandono de valija en living hiperpoblado, saludo cordial a mamá. ¿Estamos listos? Sí, vamos. Ya es la una, los invitados deben estar llegando. Viaje de diez minutos en auto, la vieja casa donde corretée en mi infancia, el pasaje de piedras que conduce a la casa decimonónica, la pileta de estrella de Hollywood de los años cuarenta, la pareja de perras lesbinas que se persiguen por el jardin, el olor a jazmines en el debut del verano. Una carpa enorme, blanca, piso de madera, mujeres y hombres que, con la ayuda de la ropa y del maquillaje, se ven bellos, hasta deseables. Las mujeres poco agraciadas están preciosas; las mujeres preciosas, excedidas en sus afeites, se ven grotescas. La vida es gentil en su súbita ironía.
Me miran, sé que me miran. Debe ser la camisa rosa. Elegante pero juvenil. Crea fantasías en las niñas más jóvenes; ese debe ser atorrante, ese debe ser de los que te seducen y te llevan detrás de los árboles. Se equivocan, pero tal vez pueda aprovecharme de sus fantasías.
Fiambre, queso, vino, champagne, fernet. Estoy borracho antes de que llegue el primer plato. Mi mesa es de lo mejor que se puede esperar: caras que conozco, buen clima, bolitas de pan que vuelan de un lado al otro. En el centro, una foto de los novios en Nueva Zelanda; ese es el nombre de la mesa. Mis padres están en la Patagonia, creo, y algún conocido lejano está varado en la Polinesia. Con Australia se construye una rivalidad creciente: sabemos que en el fondo es envidia. Australia invade Nueva Zelanda, pero al final acabamos hermanados por el alcohol.
Algunos soldados de nuestra mesa escapamos momentariamente a un auto cercano. Somos tres, fumamos flores. Nos sentimos maravillosamente jóvenes: porro y trajes, parecemos gagsters- Los de seguridad nos estudian. ¿Querés un poco, fiera?
Vuelta a la fiesta. Baile y comida. Mucha. Mucho fernet. Estoy dado vuelta. Mamé pregunta qué tal. ¿Qué tal con qué? Con el viaje, pregunta. Bárbaro. ¿Estás nervioso? No, me siento muy bien, muy feliz. La gente no lo puede creer. ¿Finlandia, qué vas a hacer a Finlandia? Mucho trabajo explicar, a alguna señora le digo que me voy a probar suerte trabajando en Nokia y alguna chica con pinta de inteligente le digo la verdad. O media verdad, no sé decir toda la verdad. Aún cuando hablo de mi ser más profundo, miento.
Bailamos, bebemos, todo es un festín: la comida, los cuerpos, el verano.
Ella tiene un apellido alemán. A mí eso, por algún motivo, me atrae. Es rápida para responder a los chistes. Decido que con ella me quedo. Hay otra de vestido celeste, pero... la vida es limitación y aprendizaje, resignación y...
Nos vamos. Colectivo. Pagáme que no tengo monedas. Hablamos de paisajismo. Mandáme fotos de la nieve, dice. Le doy un beso, paso mi mano por su espalda escotada, rozo sin querer a un morocho retacón de pelos erguidos, se escandaliza con la prudencia de las clases trabajadoras. Eso me choca: me hace sentir un oligarca, la corporeización de una fantasía de ascenso social. El pensamiento de los otros es un problema.
Me despido, chau, suerte, hasta acá llego yo. Camino borracho y con la corbata suelta hasta la casa de papá y mamá. Voy a entrar, oigo que me llaman. Una, luego dos veces. Giro, un auto, oscuridad, una cabellera, una ventanilla que se baja.
Cecilia.
¿Ceci? ¿Qué hacés?
Bien, ¿vos? Risas.
Subo, me siento junto a ella. Sonrío, sonríe.
¿Sabías que te quiero mucho?, le digo.
Yo también te quiero mucho.
¿Todo bien?
Sí, más o menos.¿Te acordás de mi hermano, el aviador?
Sí...
Tiene cáncer.
¿En serio? Qué bajón.
Sí... ¿vos?
Me voy a Finlandia. Tres meses. Yo estoy bárbaro, bárbaro.
Silencio. Soy un ser horrible. ¿Cómo puedo haber dicho eso?
Dáme trabajo cuando vuelvas, me dice.
La veo y vuelvo al pasado, años atrás, al amor que le profesé y que ella, con su enorme dignidad, echó a perder. La amo y la odio, quiero lastimarla y después curarla, quiero recomponer todo lo que no funciona en su vida y luego abandonarla, para que sufra como yo sufrí, para que le duela como solo el amor duele. Quiero que me hiera y me golpee y me deje, para gozar con ese dolor yo mismo.
No lo hago. No lo hace. Nos sonreimos sin efusión.
Quiero besarla y también no quiero.
Me bajo del auto.
Aún hoy la espina sigue clavada, y se siente llamativamente bien.

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