Monday, October 05, 2009

Escape interior

Terminal era la estación y terminal era la enfermedad. De una salía un tren y de la otra no salía - ni entraba - nada. Era una verdadera pena, porque estaba empezando a tomarle cariño, y porque las noches eran cada vez más frías en el castillo. Yo no estaba preparado para obtener lo que siempre había deseado. Los muslos cálidos entre las sábanas me despertaban abruptamente en el tufillo blanco de la noche y corría escaleras abajo. Pasaban unos buenos minutos antes de que pudiera reaccionar y entender lo ocurrido. Pronto se acabará todo eso, y no puedo evitar sentir cierta extrañeza. Mientras lo que pasó se corporiza, lo que ya no será arrebata con ímpetu el centro de la escena.
En la cocina habían empezado a cocinar pasteles florales de vegetales cuyo sabor me era ajeno. No había sido mi decisión, mi mundo tiene fronteras muy precisas. Nunca fui bueno en salirme de la senda. Las cocineras empezaron a pedir mi opinión cuando ella ya no estaba y yo me frotaba la barbilla, esperando que finalmente entendieran que estaban solas en esto, que yo no podía más que poner la lengua y decir lo primero que me viniera al seso. Dolidas y abaondonadas a su suerte, comenzaron a deshabitar el ala sur del castillo sin aviso previo. Sus servicios se repartieron por todo el condado, y nada quedó de mi cocina de élite más que cenizas de viejos flambés y migajas de budines reales. Acabé comiendo legumbres y hongos secos, líquenes melancólicos que robé de viejos libros de fauna marina.
Y así pasó la gloria del mundo, los siglos de resaca y las noches en vela. Los trenes continuaron su marcha hasta el fin del mundo, y no volvió a exisitir otra como ella. Los demás muslos eran fríos, tenían olor a muerte, se humedecían en todas las zonas erróneas y no lograban quitarme el sueño. Prefería contemplar a las telas de araña hasta bien entrado el alba. Una vez dialogué con un ratón, que se alejó, espantado por mi cinismo. Ninguno de los ratones de los agujeros ocultos volvió a dirigirme la palabra, jamás. Me dejaron solo con mi recuerdo de sirvientes. Los huesos del ama de llaves se esfumaron hacia cementerios mejores. Los mayordomos resignaron finalmente la etiqueta para descansar en el fondo del lago.
Cuando llamé, nadie vino. Nadie oyó, nadie hizo preguntas. En los huecos de las banquetas, organicé el nido, colgué al jaguar de las patas y recé una última plegaria, terminal como la enfermedad, terminal como los trenes.
Los tres, ella, mi recuerdo de ella y yo, nos ahogamos en el caldo. Caldo de bruja, espuma de algas, ojos sacros de bestia inmunda que ve pasar los años y se pregunta cuándo será que su cuerpo y el cuerpo del mundo coincidan sin ser la misma cosa.

1 Comments:

Anonymous Anonymous said...

Luego de una pausa para los aplausos una ola recita su eterna parte en la sinfonía atemporal de los siete mares.

Al compás del moscardón imaginario se jubíla luego de un cuarto de siglo.

Encausado en el rio la rama se detiene, esta vez no solo por unos segundos, sino para nunca retomar la cuesta abajo hacia un atardecer sobre el horizonte azul-verde que nunca será.

El proletariado danza y mazca finos frios canapés. Aunque ambas dos nunca se superponen.

Un político va preso y dos ñoquis realizan sus quehaceres.

¿No hubiéra sido mejor haberlo dejado seguir haciendo con la lata lo que se le viniera en gana?

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DICTADO PERO NO LEIDO.

7:00 AM  

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