Sunday, October 25, 2009

Salitre en las encías

Es domingo al mediodía y siento todavía los restos de la noche entre los dientes, la boca seca, el vaho tenso que me tiñe las cavidades y las mucosas. Es el día del padre, está nublado, siento que estoy en algún rincón remoto de Coghlan. Aparezco en el local de una compañía de celulares donde predomina el color rojo. Entra en escena mi abuelo materno con una remera lila que ya le he visto antes y se me acerca enfurecido, se queja a los gritos sobre su teléfono. Su ira emana hacia las vendedoras del local, ¿Porque qué habría venido a hacer de otro modo? ¿Qué hago yo en ese negocio inmundo y deprimente un domingo al mediodía? Mi abuelo se lamenta sobre su teléfono y las cuentas y está violento,pero algo me hace pensar que su enojo es hacia mí y me alejo. Es el día del padre, y pienso: ¿Tengo que comprarle regalo también a mis abuelos? ¿Tendré el tiempo?
Llego al festejo y están todos en la calle, sentados en sillitas playeras sobre el empedrado. Hay guirnaldas suspendidas sobre esa calle algo lúbgubre dentro de su tinte festivo y reconozco a las caras, algunas se vuelven opacas, algunas son apenas destellos. Hay una chica hablando efusivamente con un tipo que bien podría ser Ricardo Darín. Le dice que tiene todos los discos de León Gieco menos uno, que se llama Revés o algo así, y después, sin jamás dejar de hablar le pregunta: ¿Y Fito, qué opinás de Fito? Es la única mujer desconocida que veo y quiero que me atraiga pero no lo logro, porque hay algo en ella demasiado cordial, demasiado forzado, que le resta sensualidad.
Viene la oleada familiar histérica y entramos todos a los gritos a una típico bar de Belgrano, a media penumbra, y ahí está mi papá, el único tranquilo. O no, está enfurecido también pero él seguro que no conmigo sino con su propio padre, creo. La cuestión es que están todos muy ansiosos, se ve que el día del padre les pega mal, y todos juntos atravesamos el bar de una punta a la otra, como si fuera un tubo o una oruga vacía.
En la calle me encuentro solo una vez más, y trato de pensar qué puedo regalar a los padres de la familia. El número de padres sigue creciendo y el tiempo se me va, no tengo ni un solo regalo. Pienso en regalarles cosas mías, en darle a mi padre la campera de cuero verde que él mismo me regaló algunos años atrás, darle a mi abuelo materno un par de anteojos míos gastados, algo, pero todo evidencia mi desidia.
Miro entre mis manos y estoy convencido de que tengo un gato pero en realidad es un bebé. Es diminuto, una partícula de vida, y es mío. Salgo a pasear con el bebé entre mis brazos, pero nunca cerca del pecho, sino extendido, suspendido en el aire hacia adelante, y corro, lo subo y lo bajo, extasiado con mi pequeña nueva adquisición, pero tropiezo y siento que se va a caer, y me pregunto: ¿Cómo se sentirá la pérdida?
De vuelta en la fiesta se organiza un grupo y se sale, los mayores se niegan pero la juventud se alínea y todos vamos de fiesta. ¿Un domingo a la tarde, con el cielo nublado, con un resquicio de luz que aún se filtra por entre las nubes? Nadie responde pero sí, salimos, me veo arrastrado a una especie de casa que es en realidad un bar gay. Me reciben dos patovicas con camperas de tela de avión y adentro hay mucha luz, y pequeños grupos de hombres - una sola mujer, fea, campera roja y azúl de un material artificial, apoyada contra un rincón, observando todo - esparcidos por el triste espacio desolado, el paisaje lunar y una sensación inevitable de final. En el crepúsculo amargo, sin mujeres, sin sueños, en falta con todos, a la deriva y sintiendo incesantemente que eso que ayer me hacía feliz hoy me hace daño y que hasta el órgano de contención más armonioso, la familia, se ha desmoronado, y escucho gritos, pirañas, el estruendo de un farol roto y bocinas, mugre, cadenas oxidadas.

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